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25/11/2014

más allá de las fronteras

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más allá de las fronteras

Durante los siglos II y I a. C., la República de Roma somete a los monarcas de Asia Menor, derrota a Carthago y amplia sus territorios a Hispania, la Galia, el Norte de África, Grecia, Siria y Armenia. Roma expandía sus conquistas mientras afrontaba conflictos civiles y sociales que desembocarían en la concentración del poder en manos de destacados generales y, por fin, en el Imperio. Aún absorta en este proceso, Roma no escapa al influjo de los viajes naúticos entre el Indo y las costas del Golfo Pérsico. A Roma llegan noticias de los periplos de navegantes griegos como Scylax (s. VI. a.C.), al servicio del rey persa Darío I, o Nearco (s. IV a.C.), a las órdenes de Alejandro. Los propios etruscos se suman a griegos massaliotas y de Asia Menor -como Eudoxo de Cyzico- para navegar por el Mar Rojo a Etiopía y desde el sureste de Arabia, cruzando el mar abierto, hasta la desembocadura del Indo, como hacían algunos marinos indios (s. II a.C.).

En los confines de Roma, China amanece a una nueva era con la llegada al poder de la Dinastía Han. Los emperadores Liu Bang (202-195) y Wudi (141-87), establecen las bases de una identidad cultural, política, social y económica mediante el fortalecimiento del poder centralizado y el desarrollo de políticas en favor del pueblo, inspiradas en el Confucianismo, destinadas a restablecer la normalidad en la producción y la vida de sus súbditos tras los cruentos siglos anteriores y el despótico poder del emperador Qin. Con la creciente estabilidad, China extiende su esfera de influencia, explorando el mar oriental hasta Japón, instalando monarcas vasallos en el sureste y en Vietnam, y estableciendo una interesante política de pactos con el poderoso Imperio Xiongnu de las estepas del norte.

En India, la Dinastía Maurya (320-180 a. C.), gracias, sobre todo a su rey Ashoka (269-232 a.C.), había extendido sus territorios hasta Afganistán y Bengala, y desde Nepal hasta el río Krishna, en el Decán, propagando el Budismo. Los edictos de Ashoka, grabados sobre pilares de piedra y arenisca, jalonaban el imperio y sus fronteras, en donde se esculpieron también en griego y arameo. Emisarios-misioneros budistas fueron enviados hasta el lejano Occidente mediterráneo y al Sudeste asiático. Aún bajo dominio indo-parto, la memoria del gran imperio maurya pervivió, hasta la formación del Imperio Kushan, contemporáneo del Imperio Romano.

En los últimos años del s. II a.C., cuando Roma se empeña en la conquista del Mediterráneo, la poderosa China del emperador Wudi de Han, acuciada por la presión de los Xiongnu del norte, envía al general Zhang Qian al oeste, en busca de alianzas contra el imperio nómada entre sus pueblos vecinos. El rey parto Mitrídates II de Persia (124-87 a.C.) estableció entonces relaciones diplomáticas con la China Han, a través de esa delegación china, y, poco después, selló un pacto con el romano Sila, tras el enfrentamiento de ambas por el dominio sobre Armenia y Mesopotamia.

La alianza entre Partia y China resulta en un beneficioso intercambio para ambos. Persia accede, entre otras mercancías, a la valiosa seda Han y China incrementa, directa o indirectamente, sus contactos culturales con Eurasia occidental, introduciendo entre otros, muchos cultivos nuevos. En esta expedición, China oye por primera vez hablar de una poderosa nación en Occidente, a la que considera su igual, el gran pueblo: Da Qin. 

Pero Roma, que a lo largo del s. I a.C. avanzaba hacia el este en un intento de controlar las rutas terrestres y marítimas del comercio de lujo oriental, aún no sabía de China. El año 53 a.C., la República intenta cortar el avance de los persas hacia Asia Menor, que impediría su acceso al Mar Caspio, pero las legiones romanas, comandadas por Marco Licinio Craso, asistieron aterrorizadas a una derrota implacable en la ciudad mesopotámica de Carrhae, donde perdieron sus estandartes, que no recuperarían hasta el reinado de Augusto.

Roma entraba en contacto, traumáticamente, con el lujo y la tecnología de China a través de Persia, gobernada por los partos, un pueblo de origen escita proveniente de las regiones colindantes a Bactria y Sogdia, paso obligado a las provincias occidentales del Imperio Han. Los soldados y caballos partos, guarnecidos con armaduras de acero, y los lanceros y arqueros, dotados de poderosos y efectivos arcos, blandían, ante los atónitos ojos de los romanos, brillantes estandartes de una seda extraordinaria, bordada en oro, jamás conocida por Roma. La fina seda han, de calidad excepcional, cuyo secreto no revelado era la extracción de los hilos antes de que la mariposa rompiese el capullo. Pocos años después, Julio César, que imaginaba para sí el imperio y la gloria de Alejandro Magno, vestiría su casa con cortinas de seda y Roma despertaría su obsesión por poseer este prestigioso bien.

Pero el potente ejército romano nunca consiguió someter a la ligera caballería de arqueros partos, y los productos se encarecían por la lejanía y los numerosos agentes comerciales implicados. Roma dirigió entonces su mirada al Egipto Ptolemaico, regido por Cleopatra VII, cuyo palacio controlaba el tráfico y el mercado de productos que, por la ruta marítima desde el Mar Rojo al Indo, se complementaba con el comercio marítimo de los reinos indios por el Índico hasta el Sudeste asático, y el comercio árabe del incienso por el Golfo Pérsico.

Cuando Augusto conquistara Egipto, Roma se abrió al lujo imperial. Mientras, la China Han iniciaba una grave crisis dinástica…

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